arquinoias | El Manantial. Suspenso por no copiar
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Pusimos El Manantial (The fountainhead, King Vidor, 1949).

Para quien no la haya visto, es una de las pocas películas de ficción que se centra en la arquitectura y cuenta la historia de Howard Roark, macho alfa de la arquitectura americana que, ante la imposibilidad de encontrar cliente que le deje construir (por su carácter, más bien integrista), diseña a la sombra de un arquitectucho de éxito, la obra que de antemano sabe que será la genialidad más grande de todos los tiempos (en un estilo que mezcla a Mies con The Jetsons), con la única condición de que su diseño se mantenga inalterable.

Fotograma de "El Manantial"

Fabrica diseñada por Howard Roark. Tuvo la deferencia de colocarle un suicidódromo.

 

Cuando las presiones de los defensores de la elegancia y el decoro del clasicismo deciden colocarle unos buenos frisos y balaustradas y convertirlo, sin que él se entere, en un bloque de Sanchinarro, este semidios aplica el “yo te hice, yo te destruiré” y vuela el adifisio*.

*término tomado del blog “Satán es mi señor”.

Fotograma de "El Manantial"

Y al final… !Una ramita de perejil!

 

Llevado a un tribunal, tras esta decisión, Howard Roark nos explica a los expectadores que, a la hora de crear, un hombre no debe seguir otro criterio más que el suyo propio y que la integridad de un edificio (igual que la de una persona), no debe venderse por exigencias sociales, pues es lo más importante que posee y, si el creador no puede ver su obra terminada como la planeó, esta obra tiene que ser sacrificada*.

*Por suerte ninguno de los miembros del jurado necesitaba alojarse urgentemente en las VPO que el acusado destruyó.

 

Terminamos de ver la película, con sentimientos encontrados. Por un lado estaba el escándalo ante tremendeces cincuenteras (ella, indomable, salvo por un hombre, diciéndole a él: “¿Te casarás conmigo? Nos iremos a una casa en un pueblito y yo la cuidaré para ti. ¡No te rías! Cocinaré, lavaré tu ropa, fregaré los suelos. Si dejas la arquitectura y buscas un trabajo insignificante”. O él, cuando le preguntan si no le preocupa lo que la gente opina de su arquitectura, responde de forma heroica “No me importa lo que piensen de arquitectura, ni de ninguna otra cosa”) y por otro lado el subidón de creernos Howard Roarkes que nunca nos hemos vendido a la hora de crear.

Pero nos miramos y nos obligamos a hacer un ejercicio de sinceridad. ¿De verdad no nos habíamos doblegado nunca en el diseño de nuestros proyectos? Divagamos para evitar la respuesta.

Llegamos a la conclusión de que es muy difícil conservarse íntegros ya desde la carrera, si seguimos la indicación de los tutores de adaptarnos al “marco de evaluación”.

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No se adaptaba al marco de evaluación

¿Alguien sabe qué significa esto exactamente?

En nuestro caso entendimos que se referían a que nuestro proyecto fin de carrera (que en ese momento pretendía ser un conjunto de pequeñas acupunturas urbanas2) debía desarrollar algo parecido a un Edificio, con el que poder demostrar nuestro dominio técnico de estructuras, instalaciones, construcción… Nosotros seguimos la indicación a nuestra manera: Eligiendo la intervención que podía tener mayor vocación de Edificio y buscando en el discurso la forma más coherente de argumentar que, realmente, aquello lo era.

*Intervenciones diseminadas que, pese a tener escala pequeña o desarrollo sencillo, justificábamos que tendrían un efecto urbanístico potente.

 

La estrategia funcionó. ¿Pero conseguimos ajustarnos al marco de evaluación sin comprometer nuestro diseño? Por si acaso estábamos cayendo en el autoengaño, intentamos otro ejercicio de sinceridad y nos confesamos que, pese al cariño que le teníamos a nuestro PFC y la sensación de que habíamos hecho bastante lo que nos dio la gana, nos habíamos sentido más libres y seguros con otros proyectos. Más radicales con las decisiones de diseño y los sistemas de representación.

Y es que el marco de evaluación, es un argumento de los tutores (que lo que los pobres quieren es que aprobemos el PFC y, a ser posible, con excelencia) para minimizar los riesgos de llevar nuestros proyectos a un tribunal de criterio desconocido (…y menos mal*).

*Sabía lo que quería el tribunal.
– Parece que la presencia de un tribunal nos cohíbe… A lo mejor no tenía que existir…

 

Podrían ser los tutores los que validasen el proyecto, ellos han estado viéndolo durante mucho tiempo y lo conocen mejor que nadie. –

 

– Ya, pero pueden tener cariños y manías, a lo mejor un tribunal supone mayor objetividad… y garantiza unos niveles de exigencia mínimos.

 

Pero si hay tribunal, ¿Qué debería valorar, para que no hubiese este problema? –

 

– Debería valorar que tengas un dominio técnico de la arquitectura…

 

Pero entonces, ¿Qué pasa con la valoración del posicionamiento ideológico, estético, creativo…? –

 

– Si. Tienen que valorar eso también. ¿Pero por qué tienen que coincidir mis posicionamientos con la opinión de 3 miembros de un tribunal?

 

Pues que no fuese de 3, sino de 600 miembros… mucho más democrático y más representativo de una opinión general… –

 

– Pero a lo mejor no quiero que mi proyecto lo acepte una mayoría. Además. ¿Qué significaría eso? ¿Que está más a la moda? Y… ¿Por qué 600?

 

Vale, pues que baste con que sólo 1 de esos 600 lo apoye. –

 

– ¿Pero eso no sería un poco irresponsable?

 

Bueno. Igual que luego en la vida real. Con que le guste tu proyecto a una persona y te lo compre, lo podrás construir. –

 

– Pero ese supuesto es más difícil que se dé en la vida real. A lo mejor lo que el sistema quiere es que salgas preparado para un supuesto más habitual…

 

Claro, entonces el sentido de la carrera es el de orientarnos a la competitividad profesional: Prepararnos para el éxito ante cualquier tribunal. Sea el de un PFC, el de un concurso… –

 

– Pues entonces ¡Bendito sea el marco de evaluación! ¿No?

 

¡NO!

 

Vale, no tenemos por qué tomarnos al pie de la letra lo que cuenta El Manantial (y hacer como el editor de la película, quien tras, por fin, empezar a convertirse en una persona íntegra, defendiendo contra todos su causa a favor de Howard Roark, cede a las presiones tras quedarse sin lectores y, finalmente, arrepentido, se pega un tiro), pero podemos encontrar un mensaje muy bonito y muy vigente en la historia del arquitecto, que es el de no tener miedo a defender nuestras ideas, ni frente al posible fracaso, ni a rollos de masas (ni en nuestro caso, al marco de evaluación)*.

Fotograma de "El Manantial"dvd-playerscreensnapz0012

*Tampoco le va tan mal a Howard Roark, quien hundido, por la defensa de sus ideas, hasta el punto de tenerse que ir a picar a la mina para ganarse la vida, descubre la eficacia erótica de la imagen del minero y deja KO a la chica al verle machacar piedra con un martillo hidráulico.

 

Ese miedo, razonable y contagioso, a la apertura de mente de un tribunal desconocido, nos invita a cerrar la nuestra y a recurrir a la seguridad de lo que les funciona a los tutores, a nosotros mismos, o a lugares comunes de la arquitectura contemporánea.

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¿De dónde vienen las esquinas redondeadas?

 

El manantial AMARILLO

¡Que sí! ¡hazme caso! ¡Que yo vi a uno que lo puso en su proyecto y sacó matrícula!

 

El éxito, sumado a la eficacia de tiempo, se convierte en un valor clave. Acertar es el objetivo, no el atrevernos a explorar los terrenos a los que la radicalidad de nuestras ideas y deseos nos habrían llevado.

Estos miedos, que a lo mejor manejamos con menos consciencia de la que queremos admitir, nos los metemos en el cuerpo durante la carrera y nos los llevamos puestos cuando terminamos y puede que no nos dejen darnos cuenta de que excentricidades, caminos minoritarios y radicalidades (que pueden no coincidir con criterios de un tribunal concreto, o de la mayoría) quizás sí que tengan cabida. Si no es aquí, será en LA, en la China, o en Mejorada del Campo.

 

-Dinamitalight

 

Jose Real
1Comentario
  • Tali
    Escrito a las 19:15h, 26 noviembre Responder

    Me han entrado de repente muchas ganas de hacer un edificio sanchinarresco con una ramita de perejil color amarillo canario encima.

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